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Aparece sin presentar síntomas, sin producir dolor y avanza lentamente durante años pasando inadvertido para el 50% de las personas que lo padecen. Al glaucoma se le conoce también como “la ceguera silenciosa” ya que puede derivar en la pérdida total de la visión sin que el afectado detecte su presencia salvo en fases terminales. Un ladrón silencioso de la vista que daña el nervio óptico y que va reduciendo la visión lateral de manera gradual, produciendo en el paciente la sensación de ver como si estuviese atravesando un túnel.

Segunda causa de ceguera en España, afectando al 2-3% de la población, en esta afección ocular  juegan un papel clave tanto el diagnóstico precoz como el tratamiento individualizado ya que son las claves que permiten prevenir y frenar la progresión del daño de esta patología para la que aún no existe cura.

Su carácter asintomático hace que la única forma de detectar el glaucoma sea mediante una exploración oftalmológica completa en la que el especialista, a partir de una serie de mediciones, pueda determinar el “estado de salud” del nervio óptico y detectar algunas situaciones de riesgo que pueden dañarlo. Una recomendación que deben tener muy presente los colectivos considerados de mayor riesgo entre los que se encuentran las personas de más de 45 años, con historial familiar de glaucoma y con antecedentes de traumatismo ocular o de enfermedades como la diabetes o la miopía. Infrecuentemente es una enfermedad infantil o juvenil.

A pesar de que existen distintos factores de riesgo, como los mencionados anteriormente, sólo se puede actuar sobre uno de ellos, la tensión ocular. Es importante indicar que no existe una cifra de tensión ocular “buena” que asegure que el nervio óptico no se dañará, pero tampoco cifras “malas” de tensión, siempre que no sea muy elevada, que garanticen que se padece la enfermedad. Es por ello que el diagnóstico no se basa solamente en la medida de la tensión ocular aunque el objetivo del tratamiento sí sea su descenso.

Para conseguirlo se pueden emplear medicamentos en forma de colirios de diferentes clases aunque debe tenerse en cuenta que su acción dura unas horas por lo que será esencial ser muy constantes en su aplicación para conseguir los resultados deseados.

Cuando esta opción no sea suficiente habrá que recurrir a otras alternativas como la aplicación de láser o el tratamiento quirúrgico. Este último se puede dividir en cirugías filtrantes, implantes de dispositivos de drenaje y las cada vez más practicadas cirugías mínimamente invasivas con implantes de dispositivos microscópicos a nivel de diferentes estructuras oculares.  Sin embargo, optar por un tratamiento u otro dependerá del caso ya que cada diagnóstico es diferente, por lo que el enfoque deberá ser también individualizado.

Prof. Francisco Gómez-Ulla de Irazazábal

Director Médico del Instituto Oftalmológico Gómez-Ulla

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